Una mala experiencia

La semana pasada, cuando salí de una tienda que vende pisos de madera por la avenida División del Norte, me encontré con un compañero de la preparatoria que no veía desde hace mucho tiempo, literalmente desde que salí de la escuela. Después de platicar un poco en la calle decidimos ir a comer a una cafetería o a algún restaurante.

Después de ofrecer varias alternativas, al final me dijo que si me apetecía el comer en cierto restaurante donde el logo es un chile de color rojo, que él pagaría la cuenta. Yo nunca había comido en ese restaurante porque, la verdad, no había recibido buenos comentarios al respecto sobre él. Acepté  como si fuera un reto personal porque luego las cosas no son como las cuentan y si el restaurante era tan malo como me habían contado, qué mejor que tener esa idea en persona para después poder despotricar a gusta con pruebas en mano.

Cuando llegamos había fila de espera, si un restaurante era tan malo como lo había escuchado, no tendría gente esperando para poder entrar. Después de una media hora en lo que nos poníamos al corriente, pudimos pasar. Cuando me senté y vi los precios exorbitantes del menú, me asusté, lo bueno era que él iba a pagar, no es que haga eso todo el tiempo o que me gusta que me paguen todo, pero no llevaba mucho dinero encima porque no tenía contemplado encontrarme con alguien y después salir a comer.

En el menú había un paquete que incluía sopa de tallarines con pollo y una ensalada por un precio más o menos decente. Me decidí y le pedí al mesero, que no dejaba de reír junto a sus compañeros, mi orden. Cuando me trajo la sopa, ésta no me gustó para nada. Estaba insípida, como revuelta y además era muy poquita. Me la acabé como pude. Después de eso el mesero me preguntó si quería ordenar otra cosa, le contesté que estaba esperando mi ensalada y me comentó que no incluía, que según él yo no había pedido ese paquete.

Como nunca me ha gustado quedarme callada, le dije que él estaba en un error, pero en si victimes me dijo que traería la ensalada, que la sopa se la darían a otra persona y que él tendría que pagar esa diferencia. No lo podía creer, y cuando hice las cuentas para ver cuánto era la diferencia, sólo eres de diez pesos. Le dije que me trajera la ensalada sin paquete.

Me preguntó qué tipo de ensalada quería, se la pedí y al cabo de unos minutos me trajo la ensalada que no era. Se fue de ahí y se puso a cotorrear con sus compañeros. Lo volví a llamar para decirle que esa no era mi ensalada y él hiper juró que yo había pedido esa. Mi amigo se estaba muriendo de la risa.

Cuando llegamos a un acuerdo, el mesero se fue a la cocina para cambiarme la ensalada y cuando regresó me había traído la anterior pero con los complementos que caracterizaban a la ensalada que yo había pedido. Eso fue el colmo, me levanté, hablé con el gerente y le expuse la situación. Ese día no pagamos y no sé si le habrán dado una buena tunda al muchacho, lo único que sé es que mi amigo no se había divertido tanto en mucho tiempo y que no volveré a poner un pie en ese restaurante tan feo.